Una vez tenemos clara la normatividad esencial, es muy importante tomar conciencia del papel fundamental de la escuela en la transformación de imaginarios. La escuela no ha sido un escenario ajeno a la reproducción de valores machistas, lo cual se ha visto reflejado en aspectos tales como el tipo de educación impartida a hombres y mujeres y las exclusiones que a partir de este tratamiento históricamente se han configurado en el espacio escolar.
De acuerdo a lo anterior, más allá de la función socializadora que cumple la escuela, ésta también debe cumplir una función educadora, de formación crítica que cuestione el saber vulgar y se comprometa éticamente (Oliveira, 1988), lo cual lleva a la escuela a cuestionar los valores reproductores de inequidad con los cuales se han educado niños y niñas, incidiendo de este modo en la trasformación de patrones culturales que perpetúan el sistema patriarcal mediante la incorporación del enfoque de equidad de género en el proceso educativo tanto desde el ámbito del currículo formal entendido como la planeación del proceso de enseñanza- aprendizaje con sus correspondientes finalidades y condiciones académico-administrativas.
Ya en la Grecia clásica las mujeres eran marginadas de su participación en la misma, al ser ésta un espacio en el cual se formaba a los hombres para su participación en la Polis, asunto que fue perpetuado en la Edad Media cuando la educación para las mujeres quedaba relegada a aquellas que hacían parte de las Cortes y cuyos contenidos se centraban, entre otros, en el aprendizaje de buenos modales y en la instrucción del “deber ser de la mujer”; dicha forma de educar a las mujeres tomó auge con el pasar de los siglos durante Edad Moderna y Contemporánea, en donde si bien el grupo de mujeres que accedieron a la educación se amplió a aquellas pertenecientes a la burguesía y a aquellas que reivindicaron éste derecho, a través del ingreso masivo a centros de enseñanza; el tipo de educación para las mujeres seguía concentrado en el aprendizaje de habilidades que perpetuaran sus roles tradicionales en áreas tales como el cuidado, la costura, y las “buenas costumbres”; aspectos que fueron reforzados con la creación de escuelas públicas femeninas y masculinas, y posteriormente con la creación de escuelas mixtas, en las cuales aún continúa vigente la concepción de un tipo adecuado y diferente de educar a los niños y a las niñas.
Desde el currículo oculto entendido como el conjunto de normas, costumbres, creencias, lenguajes y símbolos que se manifiestan en la estructura y el funcionamiento de una institución, los cuales no se explicitan formalmente mediante planes de estudio ni de la normatividad imperante en el sistema, si no que se constituyen en la derivación de ciertas prácticas institucionales que son tal vez más efectivas para la reproducción de conductas y actitudes (Santos, 1999).
La educación con perspectiva de género implica la formación de la nueva personalidad, del individuo nuevo, sobre la base de la equidad de género y entre los sexos, buscando alternativas que le permitan acceder de manera igualitaria a los servicios que brinda el sistema.
La escuela como importante agente de socialización, conjuntamente con la familia, tiene el encargo social de educar en la cultura de paz y en la igualdad entre los géneros, transmitiendo valores y patrones no sexistas en sus educandos. Además, tiene la tarea de transmitir saberes desprovistos de estereotipos de género y lograr el crecimiento personal de los individuos despojados de todo tipo de prejuicios.
Los planes, proyectos y programas constituyen una de las principales vías a través de las cuales el enfoque de género puede ser incorporado al currículum educativo, en este sentido, el enfoque de género es un elemento clave a fortalecer en la actualización de los Manuales de Convivencia.
La categoría analítica género permite entender que los patrones de organización basados en las diferencias sexuales (biológicas) son construcciones sociales y culturales, establecidas sobre esas diferencias, que han llevado a valoraciones desiguales de mujeres y hombres, fuente de discriminación para ellas y las personas diversas. Por tal motivo, el enfoque de género en la educación busca desarrollar competencias en los hombres y las mujeres para que no repitan los cánones tradicionales y construyan nuevas condiciones que propendan a la igualdad y la equidad entre las personas.
Las maestras y maestros son modelos de referencia para las niñas, niños y adolescentes. El lenguaje, la forma de relacionarse, la actitud que se toma en las aulas y en los espacios comunes de las instituciones educativas, influyen directamente en el comportamiento de los y las estudiantes; por ello, es prioritaria la sensibilización de los y las docentes, a fin de conseguir un cambio real en las aulas y que estas se conviertan en espacios de socialización que comparten chicos y chicas, donde se promueva una educación no sexista proporcionando valores de igualdad en los cuales se haga visible la equidad de género.
La educación no sexista implica que se trabaje una educación para la igualdad, con el propósito de incorporar el enfoque de género y diferencial en el proceso educativo, para transformar colectivamente los imaginarios culturales que subvaloran lo femenino y sobrevaloran lo masculino, a partir de principios de inclusión, equidad y respeto por la diversidad e igualdad.
Escuela como un lugar de acogida y de acción
Las grietas que existen sobre la inclusión, la posibilidad del encuentro y de la formación, la apuesta por una educación diferencial y diversa ocupan mucho de ese presente caótico que se presenta en la escuela. Esta debe funcionar como lugar de acogida y de acción, procurando un espacio inadvertido para el acontecimiento, una suerte de epifanía en el encuentro con el saber y las experiencias que allí emergen. Es por esto que mediante acciones de quienes ofician este espacio (maestras y maestros) muchas de las cosas inexplicables pueden tener un lugar para hablarlas, mirarlas de cerca, preguntarse sobre lo desconocido y encontrar en comunidad una excepción para que la diversidad emerja y pueda encausar sus tramas y vacíos, sus relaciones y experiencias a un espacio cómodo donde todas y todos podamos existir.
Así pues, asumir el enfoque de género en las prácticas educativas, pone a la escuela en tensión, que en lugar de sumarse a los nudos que no se desenredan, es una posibilidad para que el desconcierto y las dudas se filtren por las fisuras que parecen impenetrables. Agudizar los sentidos a través de la práctica pedagógica permite que los gestos, el relacionamiento en los patios y pasillos, la interacción de los que la presencian en clases, se adviertan y afloren aquellos dolores y alegrías, ilusiones y sueños que están presentes en la escuela. Es pues, una oportunidad para escuchar los murmullos o los gritos de las demandas externas, de interpelar las convicciones y sacudir las certezas que existen en torno a lo que implica ser hombres y mujeres en sociedad. Supone además, hablar, prestar atención, dialogar, interpelar y cruzar los límites, ensanchar los patrones y parámetros de modos de pensar que impiden habitar el mundo en armonía y libertad.